Crónicas personales

Hay cosas que marcaron nuestras vidas. Quizás cosas pequeñas, o tal vez hechos gigantes que torcieron el curso de nuestro destino, o que modificaron nuestra manera de mirar la vida. Sobre esos momentos escribimos hoy.

Una realidad que se hace humo

El martes 15 de mayo Marcela tuvo una crisis en el supermercado COTO. Había concurrido como siempre, con sus tres hijos, cuando vio la góndola de productos lácteos completamente vacía. Vacía como el panorama de desocupación de la ciudad de Goya.

Ante el achicamiento considerable del personal de Nobleza Piccardo y el cierre definitivo de Massalín, las dos empresas tabacaleras orgullo de todo Corrientes y estímulo del resto de las empresas locales, la realidad empezó a hacer humo.

El efecto fue devastador. Negocios cerrados, desabastecimiento, muchísima gente sin trabajo, bares y restaurantes vacíos.

Devastador fue el efecto en Marcela, una ama de casa que con mucho esfuerzo apoyaba la pequeña empresa familiar de su marido, que ante esta realidad se quedó sin clientes, viendo destruida una pequeña pero sólida cultura del trabajo sostenida por años.

Marcela imaginó la mesa de la merienda de esa tarde con las caritas de sus hijos, sentados detrás de los vasos vacíos, sin una gota de leche.

No pudo pensar. La impotencia le hizo tomar los productos de la góndola de al lado y tirarlos hacia arriba desenfrenadamente, al grito de “¡Mis hijos tienen hambre!”.

 

L.P.

Waltercito

Waltercito, niño de 14 años, ojos claros, pelo castaño claro. Petiso, no aparentaba su edad. Siempre me iba a buscar a la casa de mi abuela, con quien yo vivía, en su bicicleta.

“Doña Rosa, doña rosa, ¿Está la Mona?, decía entre risas…

Yo salía y nos íbamos caminando por el barrio. Se fumaba sus puchitos a escondidas. Era como mi hermanito. Pero en 2008 fue tremendo el día en que él partió de este mundo.

El 22 de diciembre estaba en los videos dela Isla Maciel, nuestro barrio, jugando. Era su hobby. De repente, en la calle principal de Isla Maciel, Montañas, se cruzaron dos bandas que no estaban nada bien. Una apareció por el pasillo que sale ala calle LasHeras.La otra ya estaba en Montañas.

Dos de ellos tuvieron una discusión y se invitaron a agarrarse a los tiros. Uno de los chicos dijo que ahí no, que estaba lleno de personas, y lo invitó a la plaza que queda en el centro del barrio, pero no. Arrancó y empezó a tirar.

Walter salió a la puerta de los videos y recibió dos tiros en el pecho. Entró y le dijo a Blanca, la dueña del lugar “¡Me dieron, me dieron!”, pero como él siempre hacía chistes nadie le creía… hasta que cayó redondo en el piso.

Uno de los chicos que tiraba entró a los videos, lo dio vuelta y se largó a llorar. Salió furioso y gritó: “¡Guacho, te dije que vayamos a la plaza… le dimos a Waltercito!”. Sacó su arma, lo corrió y le disparó dos tiros en la pierna mientras decía entre llanto: “Lo matamos a Walter…lo matamos…”

Walter, así chiquito, era querido por todo el barrio. Recuerdo que siempre jugando, jodiendo, decía que cuando se muriera no quería que nadie llore, que había que poner música y que todo sea una fiesta.

Lo velaron el 23 de diciembre. A la noche, todo el barrio esperó su cuerpo para despedirlo con la mejor onda por su personalidad.

Lo enterraron el 24 al mediodía y en medio del dolor, se le preguntó a los padres si se podía poner un poco de música. Aceptaron.

La calle Montañasestaba cortada por la cantidad de personas que había. Antes de que se lleven su cuerpito, el cajón recorrió el barrio. Yo estaba con mucha rabia y mucho llanto, pero bue… era la hora de que él se vaya. Gracias a Dios se fue en paz y sin discordias.

Jésica Báez Báez 

Callejeros… Las Pelotas

Estaba, como todos los días, con los “pibes” en Nogoyá y Nazca, donde nos juntábamos siempre para vernos, tomar algo, fumar unos porros y ver qué salía para hacer ala noche. Fue un 30 de diciembre de 2004 y entre birra y faso decidíamos que hacer, pero no nos poníamos de acuerdo porque esa noche habían dos recitales y uno de ellos era nada más y nada menos que de una banda que me encanta, Callejeros. Tocaban en Once, en Cromañón. El otro, de Las Pelotas, era al aire libre.

Así llegó la noche y tuve que hacer lo que quiso la mayoría, así que corrimos hasta la estación de Villa del Parque porque se nos estaba yendo el último tren que nos llevaba a ver a Las Pelotas. Corría y corría y no podía subirme, hasta que salió una mano que me agarró del brazo y de un tirón me subió al vagón.

Siempre voy a estar agradecida de esa mano, que me llevó a donde yo no quería ir.

Volviendo del recital íbamos por la calle caminando y veíamos en los televisores de los bares que había un incendio que resultó una gran tragedia. En Cromañón, donde yo tantas ganas tenía de ir.

Aquella noche la pasé muy bien, pero me fui a dormir muy triste, aunque agradecida a Dios y a mis amigos porque, de alguna manera, me salvaron la vida y hoy estoy acá para contárselos.

Lucía Vanesa Vedoya.- 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s